Vocación o necesidad

Perdí a mi gran amigo dejándome abandonado sin el canto diario de su pluma. Ahora siento la necesidad de escribir para acariciar, oler, o al menos soñar con la música malograda entre sábanas tiesas de sanatorio. Me empuja un espacio y un tiempo funcionarial, dentro del pesado, robótico y acogedor orden económico que todo lo gobierna. La vida marcha, pero mi hemisferio derecho se atrofia sin refugio diario ¿O es el izquierdo?

Aquí ando, trasteando entre diseños y configuraciones del dashboard, letras, párrafos y páginas, llenando, o mejor, averiguando si soy capaz de armar un cuadro con sentido. En realidad, el sentido está en el propio montaje, en el proceso, como siempre. De todos modos, ¡qué me importa! Tengo que hacerlo, y punto.

Leí algo sobre los días de formulario de Gabriel Miró, capaz de cubrir su cotidiana rutina con un brillo de sencilla sonata. Sencilla, no simple. Sólo la lectura de Años y Leguas fue suficiente para que descubriera la capacidad de la palabra recreando imágenes, y no al revés, como vulgarmente, es decir, tontamente se dice.

¿Es ese mi modelo? Ni soy capaz ni a mi temperamento le encaja. Disparos, gestos, salpicaduras en blanco y negro con breves trazos de color. Pensar a través de la escritura en busca de la lucidez y la verdad oculta en el contraste, con mínimas concesiones para el desahogo de la tensión que estira los músculos de la rabia.

Prefiero unos muslos calientes y rebosantes de zumo sangriento,  sudor y vida, luchando en pugna constante ante el avance decidido de mi mano de cirujano, sastre o carnicero, al relajado y placentero té de mantelerías de domingo y visitas que podemos encontrar en las novelas de supermercado.

Construir el mundo, lo de todos, desde uno mismo. Los detalles evocando el universo, y no al revés. La inversa es cosa de la ciencia y la filosofía. Ahora tengo dudas con la ciencia, tan venerada o tan denostada. Me quedo con una filosofía científica intuida, al tiempo que levanto confesiones  silvestres que me soportan como hombre abrazado, sin más, al niño olvidado y perdido de su infancia.

Pintura automática lanzada con minúsculas pautas de inocencia mortal, reducido control pudoroso, por los demás, por ese lector imaginario que uno dibuja al otro lado, y que es realmente un bondadoso reflejo de nosotros mismos. Ese yo que inventamos para soportarnos mejor, y necesario también para evitar la nausea de la escritura para otros. En realidad, uno se explica las cosas, aclara su mente. Desdoblamiento inevitable para sobrevivir sin volverse loco. Hay que verse desde fuera también para remover la fácil tendencia a vivir encerrado en el atasco diario, entre semáforos, archivos, filas, tasas, noticieros y contracturas.

Leer y estudiar. O al revés, o las dos cosas juntas. ¡Qué más da! Y escribir. Escribir para vivir al fin. ¡Qué tarde te enteras, tío! Como casi todo, tarde y mal. De momento ir tirando y gozar con ello. Ahí está el triunfo, y por lo que advierto que no es en vano. Veremos.

Madrid, 11 de junio de 2008

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