Lisboa

Noches frescas de reflejos brillantes sobre adoquines húmedos. Juego del subibaja nervioso entre cafetería y salas de espera. Retraso interminable, sueño aplazado, y finalmente el silencio agudo, certero, del chirrido de las ruedas de la cama. Miradas cruzadas de despedida cortadas con helada precisión por la chapa del ascensor.

Noche afectuosa de Bombay con tónica en el confortable bar del Hotel Marquês De Pombal, y mañana inquieta de café y sondas en el racional Hospital da Cruz Vermelha Portuguesa.
Febrero, miércoles 27, un día cualquiera, como todos. Palabras, pocas. Realidad, mucha. Verdad, toda.
Estirando las piernas, anestesia, tragos de Super Bock, eliminación de quistes y fibrosis, chaqueta en mano para salir a cenar, y el Dr. Reis radiante y serio repentinamente allí. Todo bien, sin lesión medular, circulación restablecida, y ahora mucho trabajo y sacrificio. Gran emoción, otra vez, y son tantas entre amigos.

Sensaciones diferentes, pequeñas novedades y altibajos anímicos. Llamadas diarias, alentadora recuperación, fuertes dolores de cuello, rotación de hombros, urgencia, control, desaparición del reflejo de lesionado medular, euforia, apatía. Vuelos semanales, paseos al sol por la ribera del Tejo, incluso sabrosos almuerzos y cenas, entre adhesión, mareos, risas, orgullo y esperanza.

Trabajo diario de balanceo, giro y parada de enormes pelotas medicinales. La corrección lumbar es el primer horizonte importante: obsesión y obstinación.
Aeropuerto, taxi, otro pasar del tiempo, adaptado al fado, o quizá, la ligera desorganización de un país que no quiere alcanzar del todo la regularización europea. Mejor sentarse y disfrutar de la amplia vista que trae la brisa atlántica.

El tiempo suficiente tumbado en un pasillo como para recordar siempre la singularidad de cada gota de pintura del techo. Leve mejora del reflujo en la vejiga, expresión nueva y todo preparado para la vuelta.

Amigos, familia, y más amigos, allí como aquí. Fe, ¡qué miedo me das! Te cambio por la confianza y el trabajo. Esfuerzo intenso y reposo sereno para que todo se acomode. Venimos con los meses flotando a su antojo, sin perder de vista el horizonte en busca de la ansiada tierra. Le pedimos a la naturaleza, esa sabia impostora, que equilibre sus fuerzas, que relaje sus tensiones y nos devuelva al origen. Todo llega, y todo pasa.

Mientras tanto, seguimos viviendo la vida ya vivida que nos queda por vivir, las sendas frescas que nuestras pisadas, en su inocencia, creen vírgenes, y sin embargo, han sido transitadas una y otra vez por la feroz imposición del tiempo. Goles, bromas, bajón, Nadal, niños, playa y más.
Siempre volveremos a Lisboa, siempre estaremos allí, en la certeza de sus limpias noches con el sabor de la amistad.

Madrid, 11 de julio de 2008

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