Arquitectura

Proyectamos pasillos interminables, rociados de puertas estrechas que conducen a cavernas oscuras de paredes torcidas. Ventanas tupidas de tecnología sucia, pensamiento debilucho colgado de silicona negra, informática avanzada de agentes cínicos para desarrollar mercancía fantasiosa plena de vanidad y presunción, en poses de pornografía sórdida para que se masturben los grandes hombres del dominio.

En otro mundo, imágenes anheladas con valles de prados verdes para salir de la cama, tejados corales pintados en lienzos de luz, nocturnos de luna acompañando la cena, en materia limpia a la verdad consagrada.

Construimos ciudades de barro, cartón pluma y madera de balsa, con avenidas rendidas a la velocidad y niños indefensos. Fabricamos marcas entre la mediocridad acostumbrada, comercio de vida de seres entregados asumiendo la ley.

Nos faltan los espacios amplios del respeto y el culto a la divinidad que nos dignifica, la ciudad del hombre hecha a su medida, y no a la de la máquina, continua y fluida, abierta y con rincones. La ciudad que se va haciendo por sus habitantes, flexible, dócil y amable, aunque también debe tronar y zarandear a sus creadores para evitar la muerte aletargada de una siesta muy larga.

Los escaparates saturados de monedas, bancos repletos de discretos bandoleros con perfume, alcampos, días y carrefures hartos de consumos exagerados, expropian a las tabernas de paseante con su vino de domingo, las panaderías de la mañana y la ferretería para el arreglo de tarde. No lloro por la vida que pasa, sino por la vida que me quitan.

Goce místico más allá del sexo, enamoramiento profundo y trabajo de ensueño, utópico, autárquico. Apoteosis del conocimiento propio, el que permite tener voz, ciencia humanista de universidad primeriza para el hombre total escondido. Sin embargo, lo real acaba por conformar al hombre pequeño que se acomoda tras la barrera de lápices del escritorio.

Es posible emocionarse, todavía, con las minúsculas gemas que produce el genio a fuego lento, luchando contra los mercados y los burócratas del negocio. Frente a un tropel de objetos de factoría arcaica, impersonales, perecederos, pero no lo suficiente. Talento regio para masas de centro comercial.

La belleza sangrante del proceso de proyección no está en el acuerdo comercial, y es por suerte, el exorcismo redentor que nos protege de la trágica deriva de la rentabilidad. Queda la libertad de moverse a otro lenguaje más generoso, cercano, para extraer el fuego meloso de las entrañas tejidas de seda. Acudir al refugio fogoso de las serpientes, desde donde cantar las tonadas que se van escuchando al fluir del arroyo, que quizá llegue al río.

No te abandono, tú me has dejado. Has ido cambiando comprada por los regalos tramposos del mundo equivocado, sedienta de propósitos de loco cegado, que no sabe advertir la llegada tranquila, serena y lúcida del fin compartido.

Madrid, 28 de julio de 2008

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